Picudo rojo me llamo
mi hogar fue una bonita palmera
que daba estupenda sombra
en un soleado lugar.
Estaba acurrugado en mi nidito
hasta que un buen día
alguien me descubrió
y, sin poderlo evitar,
de allí me sacó.
Picudo rojo me llamo
mi hogar fue una bonita palmera
que daba estupenda sombra
en un soleado lugar.
Estaba acurrugado en mi nidito
hasta que un buen día
alguien me descubrió
y, sin poderlo evitar,
de allí me sacó.
No hay nada que sea más interesante que soñar
para evadirse de la realidad,
para pasar momentos inolvidables,
para desear y pensar en el más allá.
Soñar, soñar, soñar…
soñar para disfrutar y,
por un momento, olvidar.
Como una pululante sombra cubre tu ser,
que sin tocar nada y palpándolo todo,
incansablemente se pasea de un lado a otro
conduciendo la mirada de principio a fin.
Nunca dejes de soñar.
Soñar, soñar, soñar…
siemplente soñar.

Encontré una lombriz,
salió del interior de la tierra.
La cogí con mucho cuidado y
la puse sobre las palmas de mis manos.
Serpenteaba como podía:
¡Hilito marrón, blando y anillado!
Al verse descubierta,
intentaba sin éxito,
ocultarse entre los dedos.
¡No quería que la comieran!
Era tal su impotencia que,
de repente,
decidió quedarse quieta.
¡Me asusté de su imprudencia!
Con gran decisión llevé al pequeño anélido
hasta un lugar seguro:
Una fértil y húmeda tierra.
¡Garantía de vida perpetua!
No sé qué fue de la lombríz
desde que la liberé
jamás la volví a ver.
¡Certero destino el suyo!
– ¡Vaya una novedad!, le contesté yo.
– ¡Ven conmigo y disfrutemos del veranillo
comiendo, mojándonos y charlando!
llevaba a la desesperación
a seres que deambulando desganados
buscaban algún umbrío rincón.
disfrutando de un gran baño de sol
calentando sus fríos cuerpecitos
e inundándolos de calor.
exasperas a unos cuantos
y a otros das cariño!
Diente de león me llaman.
Delicado y efímero,
sólo con un poquito de aire
me disipo, me disperso.
Con mi redondeado aspecto aterciopelado,
delicado entre los dedos,
Viento: ¡Méceme!,
¡llévame cerca y lejos!
Llenaré los campos con mi presencia,
sutil y finísimo manto.
¡Acaríciame, cúbreme
y concéde buenos deseos!
El geranio que me regaló Genaro
por fin ha florecido.
El ambiente ha engalanado
con su magnífio colorido.
Al mismo tiempo su fragancia
aromatiza el aire que respiro,
embelesando a los insectos
que acuden raudos hacia su destino.
Alegre, espectante,
con muy buen talante.
¡Este es mi gerenio favorito,
siempre estará conmigo!
¡Quédate en casa Tomasa!,
lugar en el que muchas cosas pasan.
Desde que despiertas
hasta que tu cuerpo,
con el paso de las horas,
sin remedio se adormezca:
Un paso adelante, un paso atrás;
del dormitorio al baño,
del pasillo a la cocina
y finalmente al salón.
Podemos ser uno, podemos ser dos,
o incluso un montón.
Dejarnos llevar y disfrutar viviendo
aunque entre cuatro paredes estemos.
Tomasa, ¡quédate en casa!
Lee, escribe, canta, baila,…
o si lo prefieres no hagas nada.
Caminando, caminando
encontré un pequeño terreno;
un suelo cubierto de fértil tierra
cuidada con mimo y esmero.
– Tú acogerás las semillas del arrugado limón
que ayer recogí en el huerto del Tío Ramón.
Con un pequeño palo hice un agujero,
deposité las simientes y depacito las tape luego;
sin dilación me levanté
y sorprendido desde el interior escuché:
– Algún día volveremos convertidas en un nuevo ser,
con gustoso ácido invitaremos a los que nos quieran comer.
El tiempo pasaba lentamente,
y sin apenas desfallecer,
no perdía la esperanza,
tampoco el interés.
– ¡Paciencia amiguito, mucha paciencia!
Pronto saldré y poco a poco me verás crecer.
Raíces primero, tallo y hojas después;
un limonero fue levantándose erguido hacia el cielo
iluminado por el sol, regado por la lluvia
y mecido por el viento.
– ¡Por fin estás aquí, pequeño limonero!
A mi lado ya te tengo para acompañarte y probar tus frutos suculentos.