Miguelito salió un día a pasear,
encontró unas alas en el suelo,
se las colocó sin dilación
y agitando sus brazos
se elevó hacia el cielo.
Cuanto más tiempo pasaba
más cambiaba su aspecto,
de pequeño infante
pasó a ser un ave elegante.
Decidió bajar hasta un lago
para reponerse del cansancio
y al verse reflejado en el agua
muy animado exclamó:
¡Ahora sí soy yo!
